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Política

La clase obrera no es un concepto

·2 min de lectura
Karl Marx, fotografía de John Jabez Edwin Mayall, 1875 (restaurada) — dominio público, Wikimedia Commons.

Hay un momento que tuve hace poco, una sensación de resolución en mi cabeza que después tuvo el sabor de amargo. Fue ese momento donde ya no dices «la clase obrera», sino que ves a alguien específico, con las manos ásperas, que come rápido porque el tiempo no le pertenece, y me vi a mí y vi a mis padres, a mi hermano, a mis amigas y amigos, a mis compañeras y compañeros de trabajo y escuela. Y algo se mueve.

No es que la teoría estuviera mal. Es que a veces se nos olvida que toda teoría es incompleta hasta que la carne la habita.

Las superestructuras no son diagramas en un libro. Son la forma en que tu vecino habla de los pobres con vergüenza, siendo pobre. Son la culpa que sientes cuando descansas. Son el orgullo mal puesto en el sacrificio, como si sufrir más te hiciera más real. Están en el lenguaje, en el deseo, en lo que consideras éxito o fracaso, operando silenciosamente, mucho antes de que tengas palabras para nombrarlas.

Y lo más sutil, también están en uno. No como visitante sino como estructura, como forma de vida. La clase no es solo lo que tienes o no tienes, es cómo percibes el mundo, qué te parece natural, qué te indigna y qué normalizas sin notarlo.

Ver eso en los demás es relativamente fácil. Verlo en uno mismo requiere una honestidad que incomoda, porque implica que nunca fuiste el observador neutral que creías.

El obrero que se cansa es uno mismo, misma o misme también. El que ama y ríe y a veces no llega a fin de mes o llega justo. La profundidad de la gente que te rodea no está a pesar de las condiciones materiales, está completamente atravesada por ellas, tejida con ellas.

Eso no es pesimismo. Es precisión. Y es ahí donde, ahora más que nunca, es indispensable leer a Marx.