¿Por qué la "consciencia colectiva" no sirve para lograr nuestros objetivos revolucionarios?

Estoy seguro de que muchas personas hemos caído en la trampa de creer que nuestras acciones individuales sirven para, no sé, ¿frenar el avance del cambio climático en el mundo?
Pues no.
A lo que solemos llamar «consciencia colectiva» puede entenderse como una especie de destello de lucidez en nuestro consumo o en nuestras vidas: intentar ser más conscientes para que, entre todos, podamos alcanzar un fin común.
El problema es que esa idea no contempla las condiciones materiales, las condiciones de clase ni las condiciones sociales. Muchas veces, esta supuesta consciencia colectiva existe únicamente como una forma moral de perdonarnos a nosotros mismos y decirnos que lo que estamos haciendo está bien.
Entonces, todo se convierte en un problema de moralidad y de juicio.
Vemos que nuestro vecino está tomando agua Bonafont y pensamos: pinche sionista. Resulta que salió de su trabajo después de 12 horas, tuvo sed y le compró una botella de agua de 25 pesos al wey que vende chicles afuera de su trabajo godín, donde ni tiempo le da de leer noticias o manifiestos y, si tiene tiempo, lo va a usar para ver morras chichonas en TikTok o para jugar Candy Crush.
El muy desquiciado se atrevió a comprarle una botella a una empresa que deja sin agua manantiales y comunidades en distintas partes del país.
Hasta pareciera que la misma enajenación no es un accidente, ¿verdad? Hasta pareciera que las morras chichonas que le aparecen en su «For You Page» tampoco son un accidente. Porque el capitalismo no solo organiza nuestro trabajo y nuestro consumo: también organiza nuestro tiempo, nuestra atención y hasta nuestros deseos.
Y aquí también existe una conexión directa con el patriarcado. Mientras uno organiza históricamente relaciones de dominación sobre los cuerpos de las mujeres, el otro encuentra la forma de convertir incluso esa dominación, nuestros deseos y nuestra atención en mercancía.
Y sí: esas empresas son un cáncer para nuestra sociedad. Es más, chingue su madre Bonafont.
Pero pensar que nuestro querido amigo, mediante su consumo individual, está personalmente matando los bosques de la Selva Lacandona es cierto solamente hasta cierto punto. Porque tampoco necesariamente tiene otra opción.
Vivimos en una sociedad enajenada. Marx ya hablaba de cómo no podemos simplemente salir del capitalismo mediante un acto individual de voluntad. Inclusive nuestros compañeros que construyen proyectos autogestivos no pueden salir completamente del sistema capitalista en sí mismo.
No importa si, en su divina consciencia, plantan sus propios jitomates orgánicos: el planeta sigue quedándose sin agua y empresas como Bonafont, entre muchas otras, seguirán destruyendo el medio ambiente mientras las relaciones materiales que permiten su existencia permanezcan intactas.
Por eso tenemos que cuidar mucho los discursos que apoyamos.
En una de esas le estamos haciendo el favor a los libertontos y nada más estamos moralizando nuestras acciones individuales para sentirnos bien con nosotros mismos.
Y con esto no quiero decir que alguien con mayor consciencia no deba evitar comprar productos que sabemos de antemano que causan daño a nuestras vidas, a nuestras comunidades o al medio ambiente.
Pero, ¿eso es realmente lo fundamental mientras el resto de la población continúa reproduciendo las condiciones que alimentan al capitalismo?
Pues no.
Porque la clase dominante elige a quién dominar, pero la clase dominada no elige a su dominante ni las condiciones materiales bajo las cuales tiene que vivir. Sus formas de vida le son impuestas.
Por eso, el llamado a la acción tiene que ser la toma y transformación de los medios de producción.
Porque sí: sirve de muy poco que individualmente dejemos de consumir determinados productos si quienes deciden qué se produce, cómo se produce, cómo se distribuye y cómo se construye toda la agenda de consumo son los capitalistas.
Pero la toma tampoco puede quedarse en lo abstracto.
Tenemos suficientes ejemplos de procesos donde una toma sin una agenda política definida no conduce necesariamente a nada que beneficie a la clase trabajadora. Las discrepancias políticas, la falta de organización y la ausencia de un proyecto común pueden convertir una toma en un simple cambio de administradores.
Y la clase trabajadora es precisamente el sujeto político central de este texto.
El papel del partido político #
El papel del partido político es esencial.
Un partido no puede limitarse a ser un espacio de formación política, recaudación o adoctrinamiento electoral, como históricamente lo hizo el PRI y como, en muchos sentidos, también lo ha hecho Morena.
Eso es profundamente liberal.
Aquí sí creemos que el Estado debe fundirse con un proyecto político organizado, porque tiene que cumplir agendas populares, organizadas y democráticas.
Pero democráticas de verdad.
No esa democracia que consiste en que yo vote una vez cada seis años por Claudia Sheinbaum y después espere a que Jean Carlo (el mismo wey que durante años atacó a Morena y ahora ganó con Morena la candidatura de la GAM) tenga un destello de grandeza y mágicamente arregle las condiciones materiales de la alcaldía.
Spoiler alert: nunca pasó.
Aquí creemos en una democracia participativa.
Una democracia donde la población no sea solamente espectadora de las decisiones políticas, sino parte activa de la construcción de las condiciones bajo las cuales vive.
La sociedad la hacemos todos, independientemente de a qué nos dediquemos. Todos vivimos dentro de relaciones que nos enajenan y todos reproducimos, de una u otra forma, el sistema en el que existimos.
Pero precisamente por eso no basta con intentar ser individualmente más conscientes.
Siempre nos tenemos que organizar.
Escrito por: Alexis